Últimamente, siempre que la agenda y el presupuesto lo permiten, intento explorar los procesos como recurso de storytelling. Algunas de las últimas portadas que estoy realizando para Editorial Talentura las abordo con técnicas pictóricas, collage o procedimientos manuales. ✏️ Hoy comparto el proceso de la última, para el título La gente a veces, de Lorenzo Antúnez, pero antes quiero explicar por qué detrás de esta decisión existe un motivo que va mucho más allá de lo estético.
Llevo semanas pensando que la irrupción de la IA generativa está obligando a muchos profesionales creativos a replantearse dónde reside realmente el valor de su trabajo. Quienes ilustramos somos uno de los colectivos que primero está experimentando este cambio. Todo aquello relacionado con encargos de producción rápida, imágenes funcionales, variaciones de una misma pieza o trabajos donde la velocidad y el volumen son los principales criterios de compra está empezando a ser asumido por herramientas capaces de generar imágenes en cuestión de segundos.
Y, sinceramente, no creo que eso sea necesariamente una mala noticia.
La historia de la tecnología está llena de ejemplos similares. Cuando apareció la fotografía, la pintura perdió buena parte de su función documental. Cuando llegó el cine, muchos pensaron que el teatro desaparecería. En los años setenta y ochenta la denominada crisis del cuarzo puso contra las cuerdas a la relojería suiza, incapaz de competir en precisión y coste con los relojes electrónicos fabricados en Asia. La respuesta no fue intentar fabricar relojes más baratos que los japoneses, sino redefinir el valor de la categoría y apostar por aquello que la tecnología no podía replicar: oficio, tradición, complejidad técnica y significado cultural.
Creo que algo parecido está ocurriendo ahora.
Durante años buena parte de la ilustración digital se ha valorado por su capacidad para producir imágenes de calidad de forma eficiente. Hoy las máquinas son extraordinariamente buenas en ese terreno. Sin embargo, todavía les cuesta ofrecer algo que cada vez considero más importante: contexto, criterio y relato. Porque una ilustración tiene valor por las decisiones que la hacen posible.
Por eso me interesa cada vez más mostrar los procesos y no solo porque resulten visualmente atractivos o porque aporten contenido para redes sociales, sino porque ayudan a entender la historia que hay detrás de una pieza. En una época en la que las imágenes son infinitas, el proceso vuelve a convertirse en una herramienta de diferenciación.
De hecho, muchas tendencias de consumo apuntan precisamente en esa dirección. Los estudios sobre comportamiento del consumidor llevan años señalando el valor creciente de la autenticidad, la artesanía y las experiencias percibidas como genuinas. Al mismo tiempo, las consultoras de tendencias destacan que las marcas necesitan construir vínculos más significativos y ofrecer algo más que un producto funcional. [mintel.com], [vml.com]
Desde esta perspectiva, una portada hecha a mano no tiene valor por el mero hecho de estar hecha a mano. De la misma forma que una marca no es mejor por parecer artesanal o una identidad visual no funciona por utilizar texturas imperfectas. Lo relevante es que exista una idea estratégica que justifique esas decisiones.
En el caso de Talentura, creo que la conexión es bastante natural. Estamos hablando de una editorial que apuesta por autores alejados de los grandes circuitos comerciales, donde la personalidad y la voz propia importan más que las fórmulas de éxito. Que las portadas se conviertan en obras concebidas y ejecutadas mediante procesos manuales no responde únicamente a una inquietud creativa. Es una forma de trasladar visualmente los valores de la propia editorial.
Al final, las marcas más interesantes suelen comportarse así. Utilizan el diseño, los materiales, los procesos y la comunicación para contar la misma historia desde distintos lugares.
Por eso creo que el verdadero debate no consiste en preguntarse qué parte del trabajo creativo hará la IA dentro de unos años. La pregunta importante es otra: ¿qué aspectos de nuestro trabajo merecen seguir siendo profundamente humanos?
Sospecho que la respuesta tiene menos que ver con las herramientas y más con la capacidad de dotar de significado a lo que hacemos, porque cuando cualquier imagen puede generarse en segundos, el valor ya no está únicamente en la imagen. Está en el criterio que la justifica.
Puedes ver el vídeo en el siguiente enlace:
https://www.instagram.com/p/DYDAunkOXHR/